Hombre mayor, muy experimentado en el canto, de gran sabiduría en los versos, muchas veces improvisa la despedida (la quinta décima del verso).
Él mismo nos dice:
Yo nací en los años 40, no había muchas cosas que hacer, así que uno se dedicaba a los versos. Yo cuando niño le pedía a Dios ser cantor a lo divino, ser chino, ser corralero, ser rayuelero, y todo lo logré hacer.
Un día mi madre me mandó para el cerro, debí haber tenido unos 7 años, estaba recién en la escuela, me envío para la leña al cerro, pero lejos de la casa, para el cerro para acá, muy re-lejo, del Guayacan para dentro. Ahí me encontré con un viejito que yo creo que era de Valle Hermoso, ¿Cómo puede haber sabido él que yo quería cantar? Antes nadie le daba un verso, re-ni-un cantor, nadie, muy delicado los viejos. Y me preguntó si yo quería aprender a cantar: – Si po, respondí. Me empezó a relatar unos versos, me dijo que yo iba a aprender muy luego. No me demoré nada en aprender, aprendí tantos versos, ni sé cuantos versos sé.
Había hartos cantores en Guayacán, yo le aprendía a los cantores cuando cantaban, cuando lo cantaban dos o tres veces yo me lo aprendían.
Después aprendí de don Benito Neida de Longotoma y de Silvano Silva de Puchuncaví. Y también en la casa estuvo parando, unos tres meses, un torrante, él me enseño harto también. Unos 100 versos le aprendí yo, como el de la Lámpara Maravillosa.